En mi biografía diré tal vez que me comieron la lengua los gatos.
Vi odio en sus ojos. Verdes dentro de la noche, en algún segundo se
perdieron: quise huír. No solo aquí, ni a la esquina, me refiero a huir lejos.
No quiero empezar la historia de cuando termina.
Sus ojos escaparon. Quizás un lugar dentro de él, que nunca me dejó
encontrar. Lo más adentro de su cuerpo, eso inexistente. Ese es el problema,
algún día de nuestra vida o nuestra muerte, pensé en ir allí. Y es ahí, donde
me perdí.
Los días pasaron, sin mucha
coherencia. Hubo lluvias, tormentas y los anhelados días de sol. Esos que el
mundo espera, pero que yo detesto con la vida. Suelen parecer agradables y
cálidos, pero no son más que una pesadilla. Muchas veces con viento, que me
hizo sentir parte de su cuerpo. Y otras veces, todo en calma. Éramos uno, sin
duda.
Pero todo acaba, y no queda más que seguir viendo como los árboles se
mueven con su música, o con esa que llega de lejos. No queda más que sentir los
cantos de Mirlo en mi ventana, mientras se mueven sus alas para animarme a
despertar.
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